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Café DAMPO | Convivir con los terremotos

En el marco del 8M, desde DAMPO Innovación Social abrimos un espacio necesario: pensar los terremotos no solo como eventos naturales, sino como fenómenos profundamente vinculados a la experiencia comunitaria y social. Así nació Café DAMPO: Convivir con los terremotos, una edición dedicada a reflexionar sobre el riesgo sísmico desde un enfoque de género, las respuestas y comportamiento humano  ante la emergencia.


Lejos de centrarse únicamente en la infraestructura o en los protocolos, el diálogo se orientó a cuestionar cómo las condiciones sociales, económicas y culturales configuran la manera en que las personas enfrentan, perciben y responden ante los terremotos.


Más allá de lo técnico, los sismos ponen a prueba la forma en que nos organizamos, respondemos y cuidamos colectivamente. Sin embargo, estas dinámicas no son neutrales: están atravesadas por desigualdades que influyen en quién accede a la información, quién toma decisiones y quién asume tareas de cuidado en momentos críticos.


Incorporar la perspectiva de género en la gestión del riesgo no es un complemento: es una condición para construir estrategias más justas, eficaces y sostenibles.


El riesgo no es neutral. Las desigualdades también se manifiestan durante los terremotos:quién cuida, quién decide, quién tiene acceso a información.
El riesgo no es neutral. Las desigualdades también se manifiestan durante los terremotos:quién cuida, quién decide, quién tiene acceso a información.

Desigualdad: ¿todas las personas enfrentan el mismo riesgo?


Uno de los hallazgos más contundentes fue reconocer que partimos de realidades profundamente desiguales. Las condiciones económicas, los contextos sociales y la calidad de la vivienda determinan niveles diferenciados de exposición y capacidad de respuesta.


En este contexto, se hizo evidente que las mujeres suelen asumir una mayor carga en las tareas de cuidado y organización comunitaria. La idea de que “las vecinas organizadas cuidan” no solo describe una realidad observable, sino que también revela una distribución desigual de responsabilidades que rara vez es reconocida o incorporada en las estrategias formales de gestión del riesgo.


Esto abre una pregunta de fondo: ¿la resiliencia comunitaria se está construyendo de manera equitativa o está descansando en trabajo invisibilizado?


Cuestionar la “aceptabilidad” del riesgo: ¿qué daños estamos dispuestas a aceptar?


Otro de los puntos clave del diálogo fue la discusión en torno a la aceptabilidad del riesgo. Si bien en algunos enfoques técnicos se plantea la existencia de un umbral de riesgo “aceptable”, esta noción fue profundamente cuestionada cuando se traduce en afectaciones a la vida.


Aceptar la posibilidad de daño a la vida como parte de un criterio técnico implica una dimensión ética que no puede ser ignorada. En este sentido, la postura fue clara: no se deben normalizar ni asumir como inevitables los daños o las muertes derivadas de eventos sísmicos, así sea una sola vida.


Este cuestionamiento nos obliga a replantear los límites entre lo técnico y lo ético, así como a preguntarnos qué tipo de ciudad estamos dispuestos a aceptar.


¿Existe un riesgo “aceptable” cuando hablamos de vidas humanas? En este espacio cuestionamos los límites entre lo técnico y lo ético.
¿Existe un riesgo “aceptable” cuando hablamos de vidas humanas? En este espacio cuestionamos los límites entre lo técnico y lo ético.

El riesgo como experiencia: ¿por qué reaccionamos distinto?


El riesgo es una experiencia subjetiva. La forma en que se percibe y se responde ante un sismo está profundamente influida por las experiencias previas, la memoria colectiva e individual y las condiciones de vulnerabilidad.


En este marco, se replanteó el uso del término “pánico”, comúnmente utilizado para describir las reacciones durante un sismo. Más que respuestas irracionales, se propuso entenderlas como reacciones humanas coherentes con las vivencias de cada persona. Este cambio de enfoque implica reconocer que las estrategias de preparación no pueden ser homogéneas ni basarse en supuestos estandarizados de comportamiento.


Organización comunitaria: ¿quién se queda a cuidar?


Una de las preguntas que atravesó el diálogo fue: ¿quién se queda a cuidar a los grupos vulnerables?


En contextos institucionales como hospitales, cada persona tiene un rol definido, lo que permite una respuesta coordinada. Sin embargo, en la vida cotidiana, esta claridad suele estar ausente. La falta de acuerdos previos sobre quién realiza qué acciones durante una emergencia puede generar desorganización e incluso aumentar el riesgo.


Por ello, se enfatizó la importancia de establecer mecanismos de planeación comunitaria que incluyan la definición de roles, acuerdos previos y procesos de seguimiento. Organizarse no solo salva vidas, también evita que la respuesta colectiva se vuelva caótica y desigual.


Comunidad más allá de lo digital


Si bien las herramientas digitales han facilitado la comunicación, la construcción de comunidad no puede depender únicamente de ellas. La resiliencia comunitaria se sostiene en relaciones construidas en el territorio: en el contacto directo, en el reconocimiento entre vecinos y en las dinámicas cotidianas.


El “puerta a puerta” sigue siendo una estrategia fundamental. La prevención no es un acto aislado, sino un proceso continuo que se fortalece desde lo local.


Lo que muchas veces se llama “pánico”  puede ser simplemente una respuesta humana atravesada por historia, memoria y vulnerabilidad.
Lo que muchas veces se llama “pánico”  puede ser simplemente una respuesta humana atravesada por historia, memoria y vulnerabilidad.

La ciudad como espacio de decisión: la ciudad sí puede transformarse


Frente a la idea de que “así es la ciudad y no se puede hacer nada”, surgió una postura clara: la ciudad se transforma todos los días.


Desde las decisiones individuales hasta las políticas públicas, el habitar no es estático. Por ello, también se abrió una pregunta clave hacia las instituciones: ¿Cómo están comunicando los problemas sistémicos a la ciudadanía?


La forma en que se informa se explica y se involucra a la población es parte fundamental de la gestión del riesgo.


Además, se planteó que el gasto público implica decisiones y prioridades, lo que nos lleva a cuestionar qué se está privilegiando y qué se está dejando de lado en términos de prevención.


Convivir no es aceptar


Esta edición de Café DAMPO dejó en claro que convivir con los terremotos no implica aceptar pasivamente el riesgo, sino cuestionar las condiciones que lo producen y reproducen.


Hablar de terremotos desde la equidad de género es reconocer que no todas las personas enfrentan el riesgo en las mismas condiciones, pero también que, desde la organización comunitaria, es posible construir respuestas más inclusivas, coordinadas y efectivas.


Porque la prevención no comienza con el sismo, sino con la forma en que decidimos organizarnos antes de que ocurra. Y en ese proceso, lo que se conversa, se cuestiona y se comparte, tiene el potencial de transformarse en acción.


En esta edición de Café DAMPO, la conversación no habría sido la misma sin las voces que la sostuvieron.


Agradecemos profundamente a la Mtra. Arq. Acoyani Adame Castillo, quien desde su experiencia en el urbanismo con perspectiva de género nos invitó a mirar la ciudad desde las desigualdades que la atraviesan, recordándonos que planear también es decidir para quién se construyen los espacios.

A la Dra. Sandra Vaiciulyte, por llevarnos a cuestionar cómo entendemos el comportamiento humano ante el riesgo, y por recordarnos que detrás de cada decisión en una emergencia hay historia, contexto y condiciones que no pueden simplificarse.


Y, especialmente, a quienes hicieron de este espacio algo vivo: vecinos, ingenieros (particularmente desde la geotecnia), y todas las personas que se sumaron desde su experiencia, preguntas y reflexiones.

Porque la prevención no se construye solo desde la técnica, sino desde el encuentro entre saberes, disciplinas y vivencias.

Sus voces no solo acompañaron la conversación: la transformaron en un ejercicio colectivo, donde escuchar, cuestionar y compartir se vuelve también una forma de cuidarnos.

 

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