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Cuando pasa el sismo, el riesgo no desaparece: ¿qué sigue después?

1 sept
8 min de lectura

Tardes de Café con DAMPO y el Poli

Serie Riesgo Sísmico: evaluación y mitigación de riesgo para América Latina


¿Qué pasa después de que ocurre un desastre?


Es una pregunta que pocas veces hacemos cuando hablamos de riesgo sísmico. Pensamos en la alerta, en la evacuación, en los primeros minutos, en los equipos de emergencia y en cómo responder cuando el suelo deja de moverse. Pero un sismo no termina necesariamente cuando deja de temblar.


En esta primera edición de Tardes de Café con DAMPO y el Poli conversamos con la Dra. Naxhelli Ruiz Rivera, investigadora del Instituto de Geografía de la UNAM, especialista en vulnerabilidad, riesgo y procesos de recuperación frente a desastres.


Esta conversación nació, en buena medida, de las preguntas que recibimos de nuestra comunidad. Preguntas que nos llevaron a mirar más allá del momento del impacto y a preguntarnos qué sucede cuando comienza la emergencia, cómo se toman decisiones en medio de la incertidumbre y qué ocurre cuando los reflectores se apagan y comienza el largo camino de la recuperación.


¿Qué pasa después de una emergencia? ¿Cómo se toman decisiones cuando todavía no se conocen todos los daños? ¿Qué papel tiene la comunicación? ¿Cómo cambian las emociones de una comunidad conforme pasa el tiempo? ¿Y cómo podemos convertir la experiencia de un desastre en aprendizaje para reducir el riesgo futuro?


A partir de estas preguntas, la conversación abrió una mirada más amplia sobre lo que significa responder, recuperarse y reconstruir después de un desastre.


Atender la emergencia también es tomar decisiones


Una de las primeras preguntas que recibimos fue sencilla, pero fundamental:


¿Qué sucede después de que ocurre una emergencia?


Cuando ocurre un sismo, los primeros momentos están marcados por la urgencia.

Hay que identificar daños, atender a las personas afectadas, habilitar refugios, restablecer servicios y determinar qué espacios pueden seguir siendo habitados. Pero tomar decisiones en medio de esta presión no es sencillo.

La emergencia requiere información.


¿Dónde ocurrió el daño?¿Quiénes están afectados?¿Qué infraestructura sigue funcionando?¿Dónde se concentran las necesidades más urgentes?¿Quién tiene capacidad para responder?


Y muchas veces las respuestas no están disponibles de inmediato.


Por eso, una parte importante de la gestión de la emergencia consiste también en tomar decisiones con información incompleta y bajo condiciones de incertidumbre.

Esto nos lleva a otra de las preguntas que surgieron de nuestra comunidad:


¿Qué necesitamos antes de que ocurra un desastre para poder responder mejor cuando suceda?


La respuesta no está solamente en reaccionar rápido. Las capacidades para responder se construyen mucho antes.

Contar con instituciones coordinadas, información territorial, protocolos, recursos y comunidades preparadas puede hacer una diferencia enorme en la manera en que una sociedad enfrenta un evento.

Pero incluso con una buena respuesta inicial, todavía queda una parte fundamental: la recuperación.


El desastre también se vive después


Una vez que termina la emergencia inmediata, comienza otro proceso que puede durar meses o incluso años.

Las personas necesitan recuperar sus viviendas, sus ingresos, sus escuelas, sus espacios de trabajo y sus redes comunitarias. Las ciudades necesitan reparar infraestructura y restablecer servicios. Y las instituciones tienen que decidir qué reconstruir, dónde y de qué manera.


Pero durante este periodo también ocurre algo que no siempre vemos en los mapas de daños: la transformación de las emociones y las relaciones dentro de una comunidad.


Una de las preguntas que recibimos fue precisamente:

¿Cómo cambian las emociones colectivas después de un desastre?


Las crisis no solamente generan daños materiales; también pueden modificar la manera en que las personas se relacionan, toman decisiones y viven lo ocurrido como comunidad.


Después de una emergencia, las emociones colectivas también cambian. Solidaridad, esperanza, cansancio, frustración, incertidumbre… la recuperación no es lineal y cada etapa transforma la manera en que las comunidades viven y enfrentan lo ocurrido. La Dra. Naxhelli Ruiz Rivera compartió con nosotros esta dimensión fundamental, pero muchas veces poco visible, del desastre.
Después de una emergencia, las emociones colectivas también cambian. Solidaridad, esperanza, cansancio, frustración, incertidumbre… la recuperación no es lineal y cada etapa transforma la manera en que las comunidades viven y enfrentan lo ocurrido. La Dra. Naxhelli Ruiz Rivera compartió con nosotros esta dimensión fundamental, pero muchas veces poco visible, del desastre.

En los primeros momentos puede surgir una fuerte sensación de solidaridad, unión y apoyo mutuo. La ayuda se multiplica, aparecen redes espontáneas de colaboración y existe una expectativa de que, entre instituciones, organizaciones y sociedad, será posible enfrentar lo ocurrido.


Pero la recuperación no siempre avanza al mismo ritmo que las expectativas. Con el paso del tiempo pueden aparecer el cansancio, la frustración, la incertidumbre o incluso una sensación de abandono cuando las necesidades permanecen sin resolverse o los apoyos no llegan como se esperaba.

La recuperación tampoco es un proceso lineal. Puede haber avances, retrocesos y momentos en los que vuelven a aparecer emociones asociadas con lo vivido.

Reconocer estas dinámicas es importante porque la recuperación no ocurre únicamente en edificios, calles o servicios. También ocurre en las personas y en las comunidades.


Por eso, acompañar un proceso de posdesastre implica entender que las necesidades cambian con el tiempo y que la respuesta no puede quedarse únicamente en los primeros días de la emergencia.


Y aquí aparece una pregunta que resulta inevitable:

¿Vamos a reconstruir lo que había o vamos a aprovechar la oportunidad para reducir el riesgo?


Porque reconstruir exactamente como antes puede significar volver a construir las mismas condiciones que hicieron posible el desastre.

Una vivienda vulnerable que se reconstruye sin modificar sus condiciones de riesgo seguirá siendo vulnerable.

Una infraestructura ubicada en un sitio expuesto continuará estando expuesta.

Y una comunidad que no fue tomada en cuenta en las decisiones de recuperación puede terminar enfrentando nuevas desigualdades.


La comunicación también forma parte de la recuperación


Otra pregunta que llegó de nuestra comunidad fue:

¿Qué papel juega la comunicación después de un desastre?

La respuesta comienza por entender que comunicar no significa únicamente transmitir información.


Durante una emergencia y en los meses posteriores, la comunicación puede influir profundamente en la manera en que las personas enfrentan lo ocurrido.

Comunicar también implica generar confianza, explicar decisiones, reconocer incertidumbres y mantener abiertos los canales entre instituciones y comunidades.

La información clara y oportuna puede ayudar a reducir rumores, orientar a las personas sobre los apoyos disponibles y facilitar la coordinación.


En cambio, la falta de información o los mensajes contradictorios pueden aumentar la incertidumbre, la frustración y la sensación de abandono.

Por eso, la comunicación debe mantenerse durante todo el proceso de recuperación, no solamente en los primeros momentos de la emergencia.

Pero comunicar también significa escuchar. Las comunidades tienen conocimientos sobre sus territorios, sus necesidades y las dificultades que enfrentan. Incorporar sus voces puede mejorar las decisiones y hacer que los procesos de recuperación sean más pertinentes, transparentes y justos.


Reconstruir no es solamente levantar edificios

Hablar de reconstrucción suele llevarnos inmediatamente a la arquitectura y la ingeniería. Y sí, son fundamentales.


La reconstrucción no termina cuando se levantan nuevamente los muros. Después de un desastre también es necesario recuperar formas de vida, redes comunitarias, medios de subsistencia y condiciones para volver a habitar el territorio. En esta conversación, la Dra. Naxhelli Ruiz Rivera nos invita a entender la recuperación como un proceso social, no únicamente físico.

Pero otra pregunta nos obliga a ampliar la mirada: ¿Qué significa realmente recuperarse después de un desastre?

Reconstruir también significa recuperar formas de vida.

Significa preguntarnos qué pasó con las personas que tuvieron que abandonar sus viviendas, con quienes perdieron su fuente de ingresos, con las comunidades que dejaron de tener acceso a servicios o con quienes ya se encontraban en una situación vulnerable antes del evento. El desastre no afecta a todas las personas de la misma manera. Y esa diferencia importa.

Dos personas pueden vivir el mismo sismo, en la misma ciudad, pero contar con recursos, redes de apoyo y posibilidades de recuperación completamente distintas.

Por eso, hablar de recuperación también implica hablar de desigualdad, capacidades y oportunidades.


El posdesastre como oportunidad para aprender


Otra pregunta que recibimos fue:

¿Qué podemos aprender de un desastre para reducir el riesgo futuro?


Uno de los grandes retos de la gestión del riesgo es evitar que cada desastre se convierta simplemente en una historia que después dejamos atrás.

Cada emergencia genera información.


Nos muestra qué funcionó y qué no. Qué instituciones pudieron responder. Dónde fallaron los sistemas. Qué infraestructura fue más vulnerable. Qué comunidades tuvieron mayores dificultades para recuperarse. También permite identificar cómo funcionaron los canales de comunicación y qué tan accesible, clara y confiable fue la información para la población.


La pregunta es qué hacemos con ese aprendizaje.

Porque si después de un desastre solamente reparamos los daños, perdemos una oportunidad.


El verdadero aprendizaje ocurre cuando las experiencias del desastre se convierten en cambios capaces de reducir el riesgo futuro. Esto puede significar mejorar políticas públicas, actualizar instrumentos de planeación, fortalecer capacidades institucionales, modificar procesos constructivos o generar nuevas estrategias para trabajar directamente con las comunidades.


¿Y dónde queda la resiliencia?


Todas estas preguntas terminan llevándonos a una más amplia: ¿Qué significa ser una comunidad resiliente frente a un desastre?


Hablar de resiliencia no significa esperar que las comunidades soporten cualquier desastre por sí mismas.

Significa fortalecer sus capacidades para resistir, responder, recuperarse y transformarse frente a situaciones adversas. Y eso requiere algo más que infraestructura. Requiere conocimiento, organización, redes, recursos, instituciones capaces, comunicación constante y participación. También requiere reconocer que las comunidades no son solamente receptoras de ayuda. Son actores fundamentales durante la emergencia y en los procesos de recuperación. Quienes habitan un territorio conocen sus dinámicas, sus necesidades y muchas veces también sus vulnerabilidades.

Escucharlos puede cambiar la manera en que entendemos el riesgo y la forma en que acompañamos la recuperación.


El desastre no empieza ni termina con el sismo


Quizá una de las ideas más importantes para llevarnos de esta conversación es justamente esa: el riesgo se construye antes del desastre y sus consecuencias pueden permanecer mucho después de que termina la emergencia.

Las preguntas que recibimos nos llevaron a entender que hablar de riesgo sísmico no puede quedarse solamente en el momento del impacto.

Hay que hablar de lo que sucede antes, durante y después.


Prevenir significa trabajar desde ahora para que, cuando ocurra un evento, las personas tengan mayores capacidades para responder y para recuperarse.

También significa comprender que la recuperación incluye dimensiones materiales, sociales, emocionales y comunicativas. Acompañar a las personas durante las distintas etapas que atraviesan después de un desastre es parte fundamental de este proceso.

Y significa que la reconstrucción no sea simplemente volver al punto de partida.


Que cada emergencia nos permita cuestionar lo que construimos, cómo ocupamos el territorio y qué condiciones necesitamos transformar. Porque un desastre también puede ser un punto de inflexión.

La diferencia está en si después de él solamente reconstruimos lo que perdimos… o si construimos condiciones para que la próxima vez el impacto sea menor.


Tardes de Café con DAMPO y el Poli

Agradecemos profundamente a la Dra. Naxhelli Ruiz Rivera por compartir sus conocimientos, reflexiones y experiencia sobre la atención a la emergencia, los procesos de recuperación y los retos que enfrentan las comunidades después de un desastre.


También agradecemos a todas las personas que nos acompañaron y participaron en esta conversación. Sus preguntas fueron el punto de partida de este encuentro y enriquecieron el diálogo con inquietudes sobre la toma de decisiones durante la emergencia, las emociones colectivas, la comunicación, la recuperación y los aprendizajes que pueden surgir después de un desastre.


Un desastre no termina cuando deja de temblar. La emergencia da paso a procesos de recuperación, reconstrucción y aprendizaje que pueden transformar a una comunidad durante meses o incluso años. Cerramos esta edición de Tardes de Café con DAMPO y el Poli con una idea que permanece: no se trata solamente de reconstruir lo que perdimos, sino de construir condiciones para reducir el riesgo del futuro.
Un desastre no termina cuando deja de temblar. La emergencia da paso a procesos de recuperación, reconstrucción y aprendizaje que pueden transformar a una comunidad durante meses o incluso años. Cerramos esta edición de Tardes de Café con DAMPO y el Poli con una idea que permanece: no se trata solamente de reconstruir lo que perdimos, sino de construir condiciones para reducir el riesgo del futuro.

Un agradecimiento especial al Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid por hacer posible esta colaboración y por sumarse a la construcción de espacios de intercambio de conocimiento en torno a la gestión integral del riesgo sísmico. Esta alianza nos permite conectar experiencias, conocimientos y perspectivas entre México y Colombia para seguir fortaleciendo una conversación que trasciende fronteras.


Esta conversación forma parte de la Serie Riesgo Sísmico: evaluación y mitigación de riesgo para América Latina, un espacio para acercarnos a las personas, investigaciones y experiencias que están transformando la manera en que entendemos y gestionamos el riesgo sísmico en nuestra región.


En DAMPO creemos que hablar de prevención también es hablar de conocimiento, colaboración y comunidad.

Porque la prevención no empieza cuando tiembla: empieza mucho antes.

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