¿Cómo nos vamos a preparar para el próximo sismo?
Tardes de Café con DAMPO y EL POLI | Conversación con el Dr. Eduardo Reinoso Angulo
Hablar de sismos es hablar de algo que forma parte de la vida de nuestras ciudades. Todos, en algún momento, vamos a habitar una vivienda, entrar a una oficina, llevar a nuestros hijos a una escuela, visitar un hospital o caminar por un centro comercial sin pensar necesariamente que, mientras estamos ahí, existe la posibilidad de que ocurra un terremoto.

La pregunta entonces no debería ser únicamente qué hacer cuando empieza a temblar, sino cómo nos estamos preparando desde ahora para vivir en territorios donde sabemos que los sismos pueden ocurrir.
Esta fue una de las preguntas que atravesó la conversación con el Dr. Eduardo Reinoso Angulo durante una nueva edición de Tardes de Café con DAMPO y EL POLI, un espacio que busca acercar el conocimiento, la experiencia y las preguntas que existen alrededor del riesgo sísmico en América Latina.
La trayectoria del Dr. Reinoso ha estado profundamente vinculada al estudio de los terremotos, el comportamiento de las estructuras y la ingeniería sísmica. Su experiencia permitió que la conversación comenzara desde una perspectiva técnica, pero poco a poco se ampliara hacia temas que involucran a toda la sociedad: la arquitectura, la construcción, los reglamentos, las decisiones gubernamentales, la resiliencia de las comunidades y las posibilidades que tenemos para anticiparnos mejor a los desastres.
Más que encontrar respuestas definitivas, la sesión permitió poner sobre la mesa preguntas que seguimos necesitando discutir.
Entender el riesgo antes de hablar de prevención
Uno de los primeros temas de la conversación fue la diferencia entre peligro, vulnerabilidad y riesgo, conceptos que muchas veces utilizamos indistintamente, pero que son fundamentales para entender por qué un mismo fenómeno puede producir consecuencias tan diferentes.
El peligro puede ser un terremoto, un huracán o cualquier otro fenómeno capaz de generar afectaciones. La vulnerabilidad, en cambio, tiene que ver con las condiciones que hacen que una persona, una comunidad, una vivienda o una infraestructura sea susceptible de sufrir daños. El riesgo aparece cuando existe algo expuesto que puede sufrir una pérdida frente a una determinada amenaza.
Esto implica que un terremoto, por sí mismo, no representa exactamente el mismo riesgo en todos los lugares. Para que exista riesgo tiene que haber algo que pueda perderse, ya sea una vida, una vivienda, una infraestructura, una actividad económica o un patrimonio, y las características de aquello que está expuesto determinarán en buena medida las consecuencias.
Comprender esta relación es fundamental para la Gestión Integral de Riesgos, porque nos permite dejar de pensar únicamente en responder cuando ocurre el desastre y comenzar a trabajar sobre las condiciones que lo hacen posible.
La ingeniería ha avanzado, pero el conocimiento necesita llegar al territorio
La ingeniería sísmica ha tenido avances enormes. A lo largo de las décadas, la investigación académica, la experiencia de los terremotos y el desarrollo tecnológico han permitido comprender mucho mejor cómo se comportan el suelo y las estructuras.
Ese conocimiento se ha ido incorporando a los reglamentos de construcción. Los países aprenden de sus propios terremotos y de las experiencias de otros territorios, actualizan sus normas y desarrollan nuevos criterios para construir de manera más segura.
Sin embargo, este proceso no ocurre de la misma manera en todos los países.
Durante la conversación, el caso de Venezuela apareció como un recordatorio de lo que puede suceder cuando existen importantes brechas entre el conocimiento disponible, la regulación, la instrumentación y la capacidad de aplicar esos avances en el territorio. Los terremotos pueden dejar lecciones enormes, pero si no existen los mecanismos para registrar, estudiar y transformar esas experiencias en mejores prácticas, parte de ese aprendizaje se pierde.
Por eso, uno de los grandes retos no está únicamente en seguir desarrollando conocimiento científico, sino en conseguir que ese conocimiento se convierta efectivamente en decisiones, reglamentos y construcciones seguras.
Cumplir los reglamentos también es una forma de prevención
En ese camino, los reglamentos de construcción tienen un papel fundamental. Sin embargo, contar con una norma no garantiza que aquello que se construye cumpla necesariamente con ella.
La conversación permitió hablar de algunos de los factores que pueden debilitar los procesos constructivos: la corrupción, la búsqueda de reducir costos, las prisas por terminar una obra o las decisiones que priorizan el ahorro inmediato sobre la seguridad futura.

Desde la ingeniería y la arquitectura, esto representa una responsabilidad enorme. Cuando se construye una vivienda o un edificio, no se está tomando una decisión que solamente afectará el presente. Se está determinando, en cierta medida, cómo responderá ese inmueble durante un terremoto que quizá ocurrirá dentro de diez, veinte o cincuenta años.
Por eso, respetar los reglamentos, contar con una supervisión adecuada y hacer las cosas correctamente no debería entenderse como un costo adicional innecesario. Es parte de la prevención.
Si dos edificios viven el mismo terremoto, ¿por qué uno cae y otro no?
Una de las preguntas que naturalmente surge después de un terremoto es por qué algunos edificios sufren daños importantes mientras otros, incluso cercanos, permanecen en pie.
La respuesta está en buena medida en las características particulares de cada estructura.
El movimiento del suelo es fundamental, pero también lo son el diseño del edificio, sus materiales, su sistema estructural y las condiciones en las que fue construido. Una planta baja débil, una patología estructural, un diseño inadecuado o modificaciones posteriores pueden cambiar significativamente la manera en que un edificio responde ante un terremoto.
Y aquí aparece otro problema cotidiano que muchas veces pasa desapercibido: las modificaciones que hacemos en nuestras viviendas.
Cuando los habitantes retiran muros, cambian distribuciones, agregan elementos o realizan intervenciones sin considerar el comportamiento estructural, pueden alterar las condiciones para las que originalmente fue diseñado el edificio.
Esto nos obliga a entender que el riesgo también se puede construir poco a poco, a través de decisiones que parecen pequeñas cuando se toman de manera aislada.
El suelo también importa
La respuesta de un edificio no depende únicamente de cómo está construido. También depende del lugar donde está construido.
Los efectos de sitio son fundamentales para entender por qué un mismo terremoto puede sentirse de manera diferente en distintos puntos de una ciudad. La Ciudad de México es uno de los ejemplos más conocidos, debido a las enormes diferencias entre sus tipos de suelo y a la manera en que estos pueden amplificar determinados movimientos.
La situación no es exclusiva de México. Ciudades como Caracas también enfrentan condiciones territoriales particulares que deben considerarse para comprender el riesgo.
Por eso, hablar de riesgo sísmico significa necesariamente hablar del territorio. Hay zonas donde la amenaza sísmica es mayor, pero también puede ocurrir que precisamente en esas zonas existan condiciones sociales, económicas y constructivas que aumenten la vulnerabilidad.
La amenaza y la vulnerabilidad no pueden analizarse por separado.
¿Qué hacemos con los edificios que ya existen?
Uno de los retos más complejos para nuestras ciudades no está solamente en construir bien a partir de ahora, sino en decidir qué hacemos con todo aquello que ya está construido.
Un edificio antiguo no es necesariamente vulnerable únicamente porque sea viejo. Muchos fueron diseñados hace décadas con los conocimientos, materiales y reglamentos que existían en ese momento. El problema es que la ingeniería sísmica ha evolucionado y hoy conocemos mucho más sobre el comportamiento de las estructuras.
Entonces aparece una pregunta que sigue sin tener una respuesta sencilla: ¿qué hacemos con esos edificios?
Podemos reforzarlos, pero hacerlo puede ser muy costoso. Podemos pensar en sustituirlos, pero demoler y reconstruir tampoco es sencillo. Y detrás de cada edificio existen personas que tienen una vivienda, una hipoteca, un patrimonio o una actividad económica.
Si una familia lleva años pagando su vivienda, ¿cómo puede asumir además el costo de un reforzamiento estructural importante? Si un edificio necesita ser intervenido, ¿quién debe pagar? ¿Los propietarios? ¿Los desarrolladores? ¿El gobierno? ¿Una combinación de todos?
Son preguntas incómodas, pero inevitables.
Porque estamos hablando de millones de edificios y de las personas que los habitan.
La resiliencia comienza mucho antes de la reconstrucción
La conversación también llevó el análisis hacia uno de los conceptos más utilizados actualmente cuando hablamos de desastres: la resiliencia.
Pero hablar de resiliencia no significa simplemente reconstruir después de que ocurre un terremoto. Significa preguntarnos qué capacidad tiene una comunidad para resistir, recuperarse y continuar con su vida después de una crisis.
El caso de Colombia permitió reflexionar sobre los desafíos que representan los terremotos que generan áreas extensas de daño, donde las afectaciones no se concentran en un solo punto, sino que se distribuyen en territorios muy amplios.
Esto plantea una dificultad enorme cuando cada territorio debe asumir buena parte de la responsabilidad de su propia recuperación. ¿Qué sucede entonces con los municipios pequeños que tienen recursos muy limitados?
La pregunta es especialmente importante para América Latina, donde existen comunidades con capacidades económicas e institucionales muy distintas.
En la Ciudad de México todavía podemos encontrar predios que permanecen vacíos desde los terremotos de 1985 y 2017, en lugares donde los edificios colapsaron y nunca volvieron a construirse. La recuperación también ha sido lenta en territorios como Morelos y Chiapas, donde muchas comunidades han enfrentado durante años las consecuencias de los terremotos.

Y aquí aparece una distinción fundamental: recuperarse no necesariamente significa recuperarse bien.
Una comunidad puede tardar años en reconstruir sus viviendas y, aun después de hacerlo, mantener condiciones similares de vulnerabilidad a las que existían antes del desastre.
Por eso, la resiliencia tiene que ver no solamente con la velocidad de la recuperación, sino con la calidad de esa recuperación.
El aseguramiento puede aumentar la capacidad de recuperarse
En esta discusión apareció también una herramienta que todavía tiene un enorme potencial para América Latina: los seguros.
En Colombia existe una mayor penetración del aseguramiento que en Venezuela, particularmente entre empresas e instituciones, y esto puede contribuir a que existan recursos disponibles cuando ocurre una pérdida.
El seguro no evita que ocurra un terremoto ni elimina la vulnerabilidad de un edificio, pero sí puede proporcionar una capacidad financiera que facilite la recuperación.
Por eso resulta importante explorar mecanismos como los seguros paramétricos, especialmente para territorios y comunidades que difícilmente podrían asumir por sí mismos los costos de una reconstrucción.
Y cuando los gobiernos no tienen recursos suficientes, también es necesario pensar en otras redes de apoyo. Fundaciones, organizaciones sociales, empresas y comunidades pueden desempeñar un papel importante.
La resiliencia, en ese sentido, también significa construir redes capaces de sostener a una población cuando sus instituciones enfrentan límites presupuestales.
¿Cómo hacemos que quienes construyen incorporen la resiliencia?
Otra pregunta importante fue cómo sensibilizar a los constructores y desarrolladores respecto de la necesidad de evaluar la resiliencia de las edificaciones.
No basta con pedir que todos actúen correctamente. También se necesitan instituciones capaces de vigilar y hacer cumplir las reglas.
En México, el Instituto para la Seguridad de las Construcciones representa parte de este esfuerzo institucional. Sin embargo, la discusión sobre la supervisión del proceso constructivo sigue abierta.
Una posibilidad es que determinados procesos sean revisados por terceros independientes que puedan verificar que aquello que se está construyendo corresponde realmente con lo que fue diseñado.
Esto puede representar un costo adicional.
Pero también hay que preguntarnos cuánto cuesta no hacerlo.
Una revisión adicional puede encarecer una obra. Un edificio mal construido puede generar daños que cuestan mucho más después de un terremoto.
Cuando una persona compra una vivienda, debería poder asumir que el edificio fue construido correctamente. No debería ser necesario que cada comprador tenga conocimientos especializados de ingeniería para descubrir si su casa es segura.
La meta ya no debería ser solamente evitar el colapso
Durante la conversación también apareció una pregunta particularmente interesante: ¿estamos llegando al límite de la ingeniería sísmica?
La respuesta no parece estar en detenernos, sino en cambiar aquello que entendemos por seguridad. Durante décadas, uno de los grandes objetivos de la ingeniería sísmica fue evitar que los edificios colapsaran.
Pero hoy eso ya no es suficiente.
No queremos únicamente que un hospital permanezca de pie. Queremos que pueda seguir funcionando. No queremos solamente que un edificio conserve su estructura; queremos evitar que los equipos, instalaciones y elementos que permiten su operación queden inutilizados.
Esto abre un enorme campo para la innovación, desde nuevos materiales hasta tecnologías como el aislamiento sísmico y los disipadores de energía, que permiten modificar la respuesta de las estructuras y reducir los daños.
La conversación incluso llevó a pensar en otros sectores, como la aeronáutica, donde existe una cultura de tolerancia mínima al fallo y de aprendizaje permanente.
Actualmente la ingeniería sísmica está avanzando hacia una visión donde la pérdida de vidas deje de considerarse una consecuencia de los terremotos.
Tenemos datos, pero necesitamos seguir aprendiendo
La ciencia necesita observar y registrar.
Cada terremoto representa una oportunidad para entender qué sucedió: cómo se movió el suelo, qué aceleraciones se produjeron, cómo respondieron las estructuras y qué condiciones explican que un edificio se haya comportado de una determinada manera.
México cuenta con una red importante de acelerómetros. En la Ciudad de México existe una amplia infraestructura de instrumentación que permite obtener registros fundamentales para estudiar el movimiento del terreno.
Estos datos son una herramienta para aprender y mejorar.
El problema es que no todos los países cuentan con las mismas capacidades de instrumentación. En lugares donde los terremotos han ocurrido sin registros suficientes, se pierde una parte importante de la posibilidad de aprender de lo sucedido.
La ciencia sísmica avanza también a partir de esa memoria física que queda registrada en cada instrumento.
Septiembre y los terremotos: entre la memoria y el mito
En México, hablar de septiembre es inevitablemente hablar de terremotos.
Los eventos del 19 de septiembre de diferentes años han construido una memoria colectiva muy poderosa. Sin embargo, esa memoria también ha dado lugar a la idea de que septiembre es un mes especialmente sísmico.
Desde la sismología no existe evidencia que permita establecer una correlación de ese tipo.
Los terremotos no se concentran en septiembre. La probabilidad de que un sismo ocurra en un mes determinado no aumenta por el simple hecho de que en años anteriores hayan ocurrido terremotos durante ese mes.
Lo mismo ocurre con el 19 de septiembre.
La fecha tiene un enorme significado histórico y social para México, pero no permite predecir el próximo terremoto.
Los sismos pueden ocurrir en cualquier momento.
Y justamente porque no podemos saber cuándo ocurrirán, la preparación adquiere todavía mayor importancia.
¿Qué hacemos con la alerta sísmica?
México tiene una ventaja importante: contamos con un sistema de alerta sísmica que puede proporcionar algunos segundos de anticipación antes de que llegue el movimiento fuerte a determinadas zonas.
Pero tener una alerta no significa automáticamente estar preparados.
La verdadera pregunta es qué hacemos con ese tiempo. Para que esos segundos tengan un efecto real, necesitamos protocolos, educación, coordinación y acuerdos entre diferentes actores. Escuelas, hospitales, empresas, oficinas, gobiernos y familias tienen que saber cómo responder.
La tecnología puede proporcionar tiempo. Pero convertir ese tiempo en protección requiere organización social.
¿Por qué sigue siendo tan difícil llevar la ciencia al territorio?
Quizá una de las preguntas que mejor resume toda la conversación es precisamente esta: si la ciencia está tan desarrollada, ¿por qué sigue siendo tan complejo aplicarla en el territorio?
Porque el riesgo sísmico no es solamente un problema de ingeniería.
Atraviesa la arquitectura, el urbanismo, la economía, la política pública, la educación, la sociología, la psicología y las decisiones cotidianas de las personas.
Por eso necesitamos trabajar de manera multidisciplinaria.
Necesitamos que gobiernos, academia, ingenieros, arquitectos, desarrolladores, especialistas sociales y comunidades puedan sentarse en la misma mesa para discutir un problema que no pertenece exclusivamente a ninguna disciplina.
El siguiente paso para América Latina: anticiparnos
Hacia el final de la conversación apareció una pregunta que conecta directamente con el propósito de estas Tardes de Café:
¿Cuál podría ser el siguiente paso para América Latina para alcanzar una verdadera anticipación?
La respuesta no parece estar en una solución única.
La anticipación se construye poco a poco, de manera constante, aprendiendo de cada terremoto, mejorando los reglamentos, generando información, fortaleciendo las instituciones, desarrollando nuevas tecnologías y, sobre todo, construyendo capacidades en las comunidades.

Necesitamos trabajar en comités multidisciplinarios, involucrar a los gobiernos y reconocer que la reducción del riesgo requiere coordinación.
Tenemos conocimiento.
Tenemos tecnología.
Tenemos experiencias acumuladas.
Tenemos instrumentos que nos permiten medir.
Tenemos herramientas como la alerta sísmica.
El reto es conseguir que todo ello funcione de manera articulada.
Porque anticiparnos no significa saber exactamente cuándo ocurrirá el próximo terremoto.
Significa estar mejor preparados para cuando ocurra.
Del conocimiento a la acción
La conversación con el Dr. Eduardo Reinoso dejó muchas preguntas sobre la mesa. Y quizá eso sea precisamente lo más valioso de un espacio como Tardes de Café: no buscar cerrar las conversaciones, sino abrirlas.
¿Qué hacemos con los edificios construidos bajo reglamentos antiguos? ¿Cómo financiamos su reforzamiento? ¿Quién debe asumir ese costo? ¿Cómo hacemos que los reglamentos se cumplan? ¿Cómo mejoramos la supervisión de las construcciones? ¿Cómo aumentamos la penetración de seguros? ¿Cómo logramos que los municipios pequeños puedan recuperarse? ¿Cómo usamos mejor la alerta sísmica? ¿Cómo hacemos que las nuevas tecnologías sean cada vez más accesibles? ¿Y cómo conseguimos que todo el conocimiento que hemos generado llegue realmente al territorio?
Son preguntas enormes. Pero también son preguntas que ya no podemos seguir posponiendo. Porque sabemos que los sismos van a ocurrir.
Lo que todavía está en nuestras manos decidir es cuánto daño estamos dispuestos a aceptar y cuánto estamos dispuestos a hacer hoy para reducirlo.
Gracias por seguir abriendo la conversación
Desde DAMPO Innovación Social y DAMPO Colombia queremos agradecer profundamente al Dr. Eduardo Reinoso Angulo por compartir su conocimiento, su experiencia y su visión durante esta sesión.
Gracias, por ayudarnos a mirar el riesgo sísmico desde la ingeniería, pero también desde las decisiones que como sociedad tomamos todos los días. Y gracias por recordarnos que detrás de cada edificio, cada reglamento, cada registro y cada tecnología hay algo mucho más importante: personas y comunidades que merecen estar seguras y tener la posibilidad de recuperarse después de un desastre.
Gracias también a todas las personas que se conectaron, participaron y compartieron sus preguntas. Cada intervención ayudó a ampliar la conversación y a demostrar que hablar de riesgo sísmico no es responsabilidad de una sola disciplina ni de un solo sector.
Y gracias especialmente al Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid, nuestro aliado en esta serie de Tardes de Café con DAMPO y EL POLI, por hacer posible este espacio de intercambio entre México, Colombia y América Latina.
Porque los terremotos no entienden de fronteras, y nuestras respuestas tampoco deberían tenerlas.
La prevención se construye compartiendo conocimiento, aprendiendo de nuestras experiencias y trabajando juntos.
No podemos saber cuándo ocurrirá el próximo sismo. Pero sí podemos decidir qué tan preparados queremos estar. Nos quedamos con muchas preguntas sobre la mesa y, sobre todo, con ganas de seguir conversando.
Sigamos abriendo la conversación.




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